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Somos antes que cualquier palabra

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Antes de cualquier palabra, somos latido.

Antes de cualquier discusión, somos presencia.

Y antes de cualquier diferencia, somos dignidad.


Creo en un respeto que no negocia con el miedo.

Creo en una libertad que no necesita lastimar para existir.

Creo en un amor que reconoce en cada persona una historia sagrada.


No todos pensamos igual, no todos sentimos igual, no todos vivimos igual; y está bien. Lo humano no es una copia perfecta: es un tejido. Cada hilo tiene su color, su brillo, su camino. Cuando nos miramos con calma, sin prisa por encasillar, descubrimos que la pluralidad no amenaza: completa. Nos recuerda que el mundo cabe mejor cuando respiramos hondo y dejamos espacio.


Quisiera un lenguaje que acaricie, que abra puertas; que no nos coloque frente a frente como adversarios, sino hombro con hombro como caminantes. Un lenguaje que no dicte sentencias, que pregunte con curiosidad y escuche con humildad. Que se atreva a decir la verdad sin perder la ternura.


Honro la manera en que cada persona desea ser reconocida.

Honro su historia, su voz, su nombre.

Honro su forma única de habitar el mundo.


También honro el diálogo transparente: ese que no es una batalla, sino un puente. Donde podemos decir “esto pienso”, “esto siento”, “esto me duele” sin miedo a la burla o a la condena. Donde la valentía no es gritar más fuerte, sino permanecer presentes cuando el otro habla. Donde la honestidad se toma de la mano del cuidado, porque la verdad que construye no golpea: ilumina.


Quiero relaciones en las que la diferencia sea una invitación y no una frontera.

Donde no sea necesario “ganar” para pertenecer.

Donde podamos estar en desacuerdo y, aun así, elegir la bondad.

Donde la libertad de expresión sea un acto de conciencia: decir lo que creemos, sí, recordando que cada palabra habita un corazón.


Si alguna vez mis palabras no alcanzan, que alcance mi intención:

reconocer la dignidad de cada persona,

afirmar su valor,

defender su libertad para vivir con verdad y sin miedo.


Que nuestras conversaciones nazcan desde el “te veo”. Que nuestras decisiones sean artesanas: hechas con paciencia, con escucha, con responsabilidad. Que nuestras manos sepan pedir perdón cuando haga falta y también sepan celebrar los pasos que damos juntos.


No propongo uniformidad. Propongo respeto.

No propongo silencio. Propongo presencia.

No propongo borrar la diferencia. Propongo sostenerla con cuidado.


Quizá el mundo no cambie por un texto. Pero cambia un poco cada vez que elegimos la empatía por encima de la prisa; la escucha por encima del prejuicio; la paz por encima del orgullo. Cada vez que decimos “cuéntame” en lugar de “cállate”. Cada vez que miramos sin imponer moldes, reconociendo la belleza irrepetible del otro.


Somos más grandes cuando elegimos el encuentro.

Somos más libres cuando la palabra no hiere.

Somos más humanos cuando amamos sin condiciones.


Hoy elijo eso: amar y respetar.

Caminar con la frente en alto y las manos abiertas.

Cuidar mi voz para que no sea un arma, sino un hogar.


Que esta sea nuestra brújula:

vernos primero como personas, con la misma dignidad y el mismo derecho a vivir en paz.

Y desde ahí, construir. Con paciencia. Con verdad. Con amor.


Nota de intención

Este mensaje nace desde el amor universal y la visión metafísica de que todos compartimos la misma luz. habla de la dignidad esencial de cada ser.


Tu voz importa (déjala en los comentarios)

  • ¿Qué te ayuda a mantener la calma y el respeto cuando piensas distinto a alguien?

  • ¿Qué frase o práctica te recuerda ver “primero a la persona”?

  • Si pudieras convertir una sola palabra en hogar, ¿cuál sería y por qué?


Me encantará leerte. 💛


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