El regreso de mi mejor amiga: 40 años después y como si el tiempo no hubiera pasado.
- Julia Perellón M

- 21 feb
- 3 Min. de lectura

Hay cosas en la vida que una cree imposibles. Hay personas que el tiempo arrastra lejos, y aunque sus rostros se difuminen en la memoria, su esencia jamás se apaga. Y luego está la magia. Esa magia que no tiene lógica ni razón, que simplemente sucede cuando menos lo esperas y cuando más lo necesitas.
Hace más de 40 años tuve una amiga, mi mejor amiga. Crecimos juntas, compartimos secretos, risas, travesuras, sueños de niñas que aún no sabían lo que la vida les tenía preparado. Y un día, nuestros caminos se separaron. La vida hizo lo suyo, nos lanzó a direcciones distintas, y aunque no supe de ella, en mi corazón de niña siempre estuvo presente. Creí que nunca la volvería a ver.
Pero el Universo, ese cabrón impredecible que a veces me sorprende para bien, decidió que era hora de reencontrarnos. Justo en el momento más oscuro de mi vida, cuando la pérdida de mi madre todavía me ahogaba en un duelo silencioso, cuando me sentía más vulnerable que nunca, ella apareció.
Y no fue solo encontrarla en redes. No fue un simple “hola, ¿cómo has estado?” Fue como si nunca hubiéramos dejado de hablar. Como si todos esos años hubieran sido solo un paréntesis y nuestras almas, de alguna manera, hubieran seguido conversando en otro plano.
El impacto de vernos después de 40 años
Hoy la vi. Después de más de 40 años, la abracé, la miré a los ojos y ahí estaba ella. La misma.Fuerte, despierta, con esa luz única que siempre tuvo. Divertida, irreverente, sin filtros, tan ella.
Es curioso cómo la vida nos moldea y, al mismo tiempo, nos mantiene fieles a nuestra esencia. Hemos cambiado, claro, ahora somos mujeres, tenemos heridas, cicatrices, aprendizajes. Pero hay cosas que nunca se pierden, que ni el tiempo ni las pruebas de la vida pueden borrar.
La vida nos ha dado de todo: golpes duros, bendiciones inesperadas, aprendizajes que hemos pagado con sangre, sudor y lágrimas. Pero ahí estamos, de pie, dos mujeres que han sabido domar la tormenta y reírse en la cara del destino.
Una sacudida necesaria
Y por si fuera poco, mi amiga, con su brutal sinceridad y su forma directa de ver el mundo, me dio una sacudida de aquellas que hacen temblar los cimientos. Me recordó algo que sabía pero que había olvidado: he pasado mi vida viendo por los demás, dándolo todo, pero el miedo a no encajar, a no pertenecer, la culpa de no sentirme suficiente, me estaba frenando.
Sí, me lo dijo sin anestesia. Como tenía que ser. Y lo agradezco.
Porque la amistad verdadera no es solo ternura y recuerdos bonitos. La amistad
verdadera es esa que te pone un espejo en la cara y te obliga a ver lo que no quieres ver. Que te sacude el alma cuando es necesario, que te acompaña cuando el mundo pesa demasiado, y que, después de más de 40 años, sigue ahí, intacta.
La magia de los reencuentros
Este reencuentro me hizo pensar en cuántos lazos hemos dejado atrás, cuántas amistades se perdieron por las vueltas de la vida, pero que tal vez, solo tal vez, siguen allí esperando el momento de volver.
A veces creemos que el pasado se queda atrás para siempre. Que lo que fuimos, lo que sentimos, lo que compartimos con ciertas personas se ha extinguido. Pero la verdad es que no. Los lazos reales nunca se rompen del todo. Se estiran, se transforman, se esconden en los rincones de la memoria, pero están ahí, vivos, esperando su momento.
Y cuando el momento llega, es como si el tiempo no hubiera pasado.
¿Y tú?
Hoy quiero invitarte a que pienses en esa persona. En esa amiga o amigo de la infancia, del colegio, de la adolescencia, con quien compartiste risas, sueños y aventuras, pero que por alguna razón se perdió en el camino.
Tal vez también crees que ya no hay vuelta atrás. Que si no se han hablado en tantos años, no tiene sentido hacerlo ahora. Pero te diré algo: el tiempo no lo destruye todo.
Si esa persona sigue viva en tu corazón, si aún la recuerdas con una sonrisa o con un poco de nostalgia, quizá es momento de buscarla.
Las redes sociales nos han regalado la posibilidad de reencontrarnos con quienes creíamos perdidos. ¡Aprovechémoslo!
Escribe ese mensaje. Manda ese saludo. Atrévete a abrir esa puerta. Quizás del otro lado haya alguien que también te ha extrañado todo este tiempo.
Hoy mi corazón está desbordado de alegría.
Hoy recuperé a mi mejor amiga. Y sé que esta vez, aunque la vida nos lleve por caminos distintos, ya nunca más la perderé.
A mi amiga Erika, la que siempre fue y siempre será.
Y a ti, que me estás leyendo, te dejo esta pregunta:
¿A quién te gustaría reencontrar?











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